“Decidí pararme en la vereda de enfrente de los genocidas”

Pablo Verna es hijo del médico y ex capitán del Ejército Julio Alejandro Verna. Esta semana pudo contar por primera vez frente a un tribunal la confesión que le hizo su padre algunos años atrás. “Mi padre fue el anestesista de los vuelos de la muerte”, declaró en el marco de la causa que juzga a nueve oficiales por participar en el secuestro, tortura y homicidio de militantes
que reingresaron al país en 1979 y 1980.

No es la primera vez que un hijo de un represor declara ante la Justicia, pero sí la primera que un hijo involucra directamente a su padre en los vuelos de la muerte. “Su función era inyectar unas anestesias que paralizaban a las personas para luego ser arrojadas vivas al mar. Él participaba también del vuelo por si llegaba a ser necesario un médico”, cuenta todavía movilizado por la declaración. Las historias de los hijos de los genocidas tomaron visibilidad a partir de Historias Desobedientes, el colectivo de familiares de represores que pudieron “trascender el mandato de silencio” con el que crecieron en sus hogares para luchar por la memoria, la verdad y la justicia.

La historia de Pablo, como define él mismo, es una historia de dolor, culpa, vergüenza y contradicciones. “Es difícil asimilar la idea de que un hijo denuncie a su padre. Nuestros padres también paternaron con los mismos defectos y virtudes de cualquier otro padre que no haya sido genocida”, comparte lo difícil de transitar el camino en busca de la verdad. “Saber quién es tu padre hace a tu identidad. Decidir qué hacer con esa información me autodefine. Yo decidí pararme en la vereda de enfrente a los genocidas”, aclara.

La declaración toma mayor relevancia en un contexto donde la legislación restringe la posibilidad de hijos, hermanos y padres de declarar contra un familiar (artículos 178 y 242 del Código Penal). Pablo Verna fue quien redactó el proyecto de ley para modificar estos artículos, que se presentó en 2017, para que los familiares de genocidas puedan aportar a la Justicia.

-¿Qué sentiste después de declarar ante el tribunal?

-Todavía no pude tomar una verdadera dimensión de lo que ocurrió. Siento que por fin pude contar estos hechos terribles donde había que contarlos y eso es en la Justicia. Es duro pero es muy gratificante el recibimiento y el acompañamiento de la gente. También tiene un costo, por supuesto. El hecho de que seamos padre-hijo no es algo puramente biológico, hay otras cuestiones más profundas como el vínculo. Me gustaría haber tenido otro padre pero no fue así. Mi padre ha tenido virtudes y defectos pero no puedo estar orgulloso de este padre, no puedo quererlo.

-¿Tuviste el apoyo de tu familia?

-El tema de la familia es muy complejo. Algunos me apoyaron pero no quieren ningún tipo de exposición pública y se los respeto. Otros no lo han podido asimilar ya sea por imposibilidad -porque no cualquier familiar de un genocida puede salir de la oscuridad que impusieron en sus hogares- o por conveniencia, porque es mejor hacer como si no pasó nada. Esconder el horror debajo de la alfombra tiene un costo, lo van a seguir teniendo debajo de sus pies toda la vida.

-¿Cuándo empezaron tus sospechas?

-Las primeras habrán sido por el año 84 con la vuelta de la democracia. Por esa época se empezó a hablar en todos lados de ciertas cosas que habían hecho los militares. Lo escuchaba en la escuela, en la televisión… Y en mi casa empezaron a escucharse justificaciones o negaciones. Ahí fue cuando empecé a sospechar porque mi padre era un militar que había trabajado en Campo de Mayo como médico.

-¿Cómo se hablaba de la dictadura en tu casa?

-Se hablaba mucho desde el deber, como que era algo que había que hacer. Nos decían que los comunistas o los subversivos nos venían a robar la navidad y qué mejor manera de crear en la cabeza de un niño la imagen de un enemigo que a partir de alquien que te viene a robar la navidad. Yo fui criado bajo la ideología del exterminio pero pude trascenderla a partir del trabajo incansable de las madres y las abuelas de Plaza de Mayo y de todos los organismos que nos hicieron tomar conciencia. Gracias a ellas pude superar la imposición de una ideología del horror aunque haya sido transmitida por nuestros padres.

-¿Cómo fue que esas primeras sospechas fueron tomando más fuerza?

-Lo escuchaba contar detalles muy específicos de los secuestrados o de las sesiones de tortura. Contaba cosas como que “los más terribles” podían llegar a morir en esas sesiones sin hablar. Entonces mis preguntas empezaron a cambiar de tono, al principio las hacía desde un lugar más imparcial y después parado desde la vereda de enfrente. ‘¿Y eso vos cómo lo sabés?’, lo indagaba. La respuesta ‘me lo contaron unas enfermeras del hospital’ ya no me alcanzaba. Para 2009 ya no tenía dudas de que había participado del genocidio pero no sabía todavía cuál había sido su rol.

-¿No era un tema tabú?

-No, para nada. No era de lo más cotidiano pero si salía el tema se hablaba. Nunca se dijo ‘no preguntes’. Cuando las preguntas fueron cambiando de tono, en una oportunidad mi padre me advirtió que no me iba a dar nombres, ni detalles, ni fechas ni nada. Pero eso fue cuando empezó a sentirse acorralado.

-¿Cuándo conseguís su confirmación?

-Fue en 2013 cuando otra persona de la familia me dice que mi padre le reveló cuál había sido su rol. Entonces me reúno con él y a partir de esa información, en una charla muy tensa y larga, me lo termina admitiendo. Primero me lo negó, después me lo admitió y más tarde me pidió que no dijera nada, que no se lo contara ni a mi esposa.

¿Qué fue lo que te confirmó exactamente?

-Que su función era inyectar unas anestesias que paralizaban a las personas, entiendo que muscularmente, para luego ser arrojadas vivas al mar. Él participaba también del vuelo por si llegaba a ser necesario un médico. También tuve la certeza de que en algunas oportunidades “intentaba salvar” a secuestrados malheridos para que pudieran ser torturados más tarde. Tener la confirmación fue doloroso, pero seguir viviendo sin saber exactamente lo que él había hecho era más doloroso aún. Me permitió de alguna manera drenar el sufrimiento.

-¿Qué te produjo tener la certeza?

-Mucho dolor pero también culpa y vergüenza. Es difícil asimilar la idea de que un hijo denuncie a su padre porque muchos piensan automáticamente en sus padres, a quienes a pesar de los defectos admiran, quieren, cuidan o recuerdan con cariño. Nuestros padres también paternaron, con los mismos defectos y virtudes de cualquier otro padre que no haya sido genocida. Si hicieran un esfuerzo en pensar a sus padres inyectando a personas que van a ser arrojadas al mar ¿qué les pasaría?, ¿cómo reaccionarían? Saber quién es tu padre hace a tu identidad. Las personas nos definimos con nuestras acciones y si sé exactamente quién es mi padre puedo decidir qué hacer con eso y con esa acción me autodefino. Yo decidí pararme en la vereda de enfrente a los genocidas.

-¿Cómo se lo explicás a tus hijos?

-Con mi compañera actual tenemos una hija de 8 años a la que le explicamos que hubo militares muy malos en nuestro país que han matado mucha gente, que fue una época muy fea. Se lo contamos como se le puede contar a una niña chiquita, evitando lo más tremendo de asimilar. Por supuesto que ella sufre porque tiene un abuelo con el cual no se vincula, nosotros no la vamos a vincular con un abuelo genocida. Un día nos preguntó si su abuelo había matado gente y nosotros le tuvimos que decir la verdad. Le dijimos que sí. Fue un momento muy fuerte, muy duro. Ella tiene este padre que logró trascender el mandato de silencio, ocultarlo o hacer como si no hubiera existido ya no es posible. Mis hijos más grandes me acompañaron en la firma del proyecto sin ningún tipo de presión. De alguna forma el hecho de que su padre esté haciendo todo esto les quita la carga a ellos, ya están liberados.

-¿Cómo fue que lograste declarar a pesar de la prohibición que impone a los familiares el Código Penal?

-Ayudó el hecho de que mi padre no fuera uno de los imputados en esta causa. Los fiscales que solicitaron mi testimonio argumentaron que es una obligación del Estado argentino cumplir con los tratados internacionales y con la jurisprudencia de la Corte Interamericana de los Derechos Humanos, que dicen bien claro que los Estados tienen la obligación de prevenir, investigar, juzgar y sancionar los crímenes contra la humanidad. De esa obligación se desprende que no tiene que haber ningún tipo de escollo legal para la investigación y juzgamientos de estos crímenes. Una norma interna de la Argentina no puede restringir esta obligación.

-¿Cuál es hoy la situación de tu padre?

-Él está libre, en su casa, tranquilo. A fines de 2013, cuando hice la denuncia por los hechos que había confirmado, sé que la Secretaría de Derechos Humanos de alguna manera lo introduce en la megacausa del juicio Campo de Mayo. Pero a partir de ahí no tengo bien claro qué pasó, si tomaron medidas de prueba y dieron negativas o desestimaron mi denuncia invocando al artículo 178.

-¿Qué esperás de la Justicia?

-Espero que mi declaración pueda ser tomada como un precedente para que muchos otros familiares, con lo poquito o mucho que puedan aportar, puedan brindar su testimonio. Mi declaración puntualmente aporta una pieza más al armado de cómo fueron los vuelos de la muerte y suma una prueba a los hechos puntuales que se juzgan en esta causa. Con respecto a mi padre espero que la Justicia avance, es difícil y doloroso, pero tiene que avanzar. Con los compañeros y compañeras del colectivo estamos rompiendo la barrera de silencio a nivel social y a nivel judicial. A todos los familiares de genocidas les digo que se puede romper ese mandato de silencio, que no hay que seguir escondiendo el horror. Y a los genocidas les pido que hablen, que digan lo que sepan, es insostenible seguir ocultando cuál fue el destino final de todos los desaparecidos.

Fuente: https://www.pagina12.com.ar/204837-decidi-pararme-en-la-vereda-de-enfrente-de-los-genocidas

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