Un desastre tras otro

Desde Río de Janeiro

Entre las treinta y cinco “medidas prioritarias” anunciadas la pasada semana por el ministro-jefe de la Casa Civil Onyx Lorenzoni para ser implantadas en los próximos cien días, algunas llamaron la atención. Por ejemplo: a partir de marzo, los pasaportes brasileños dejarán de ostentar en la tapa el símbolo del Mercosur, y pasarán a mostrar la bandera nacional. Acorde al insigne señor ministro, será una forma de fortalecer el sentimiento patriótico de los viajeros. Otra: en el tema de los derechos humanos, se lanzará una campaña de prevención al suicidio y a la auto-mutilación de jóvenes. De las reformas anunciadas con tanto estruendo durante la campaña electoral, como la del sistema de pensiones, que provocó euforia en aquella entidad intangible llamada “mercado financiero”, ni una palabra. Reforma tributaria, tampoco. Privatizaciones, sí, pero las medidas ya venían de antes, del gobierno ilegítimo y golpista de Michel Temer: puertos, aeropuertos y, claro, petróleo. Sobre qué más será privatizado, y cuándo y cómo, nada. El anuncio de las prioridades del nuevo gobierno coincidió con la divulgación de otro video de la ministra de la Mujer, Familia y Derechos Humanos, Damares Alves –aquella que vio a Jesús Cristo trepando un árbol de guayaba–, relatando que en Holanda hay especialistas dedicados a preparar a los padres para que les enseñen a los bebitos a masturbarse a partir de los siete meses y las nenitas, a partir de los nueve. Ocurre que mientras tantas idioteces surgían y tanto silencio encubría temas importantes, también se registraron novedades en otras   áreas, poniendo al gobierno del capitán retirado en una especie de laberinto, sin que nadie se atreva a indicarle la salida. El estreno de Bolsonaro en el escenario internacional, por ejemplo, causó preocupación no solo en el empresariado y la banca, pero también entre los militares que ocupan un amplio espacio en su gobierno: ha sido un fiasco de dimensiones olímpicas que dejó en evidencia su absoluta falta de preparación para ocupar el puesto al que fue elevado. La corrosión de lo que queda de imagen del país en el exterior se acentuó severamente con el paso del capitán inepto en Davos. Demostró no tener idea del ambiente en que se encontraba. Nada de eso, en todo caso, supera la gravedad de los escándalos que involucran directamente al primogénito del capitán presidente, senador electo Flavio Bolsonaro. Cuanto más se tira del hilo inicial –depósitos sospechosos en sus cuentas e injustificado crecimiento de su patrimonio–, más evidencias contundentes aparecen de graves irregularidades. 

A propósito: el océano de dineros inexplicables también alcanzó a la primera dama, Michelle Bolsonaro, que tendrá sus cuentas examinadas. Pero Flavio está en situación mucho más grave: quedaron claros sus vínculos con las “milicias”, grupos paramilitares integrados por policiales retirados o en actividad y hasta bomberos que controlan favelas en Río con violencia extrema, involucrados en un sinnúmero de asesinatos. El silencio del hijo presidencial y del mismo Bolsonaro sobre el caso que no hace más que alimentar el profundo malestar que siente un grupo de importancia vital para su presidencia: los militares que integran el “núcleo duro” del gobierno. Son al menos 45, ocupando desde ministerios (siete) a cargos máximos de estatales como Correos o la FUNAI (Fundación Nacional del Indio), además de los que fueron nombrados directores y asesores especiales en al menos 21 reparticiones gubernamentales. Hasta el vocero de la presidencia es un general. Eso, para no mencionar al vicepresidente, también general. Es palpable, en ese grupo, el malestar –cuando no irritación– provocado por las torpezas y abusos del muy beligerante trío de hijos presidenciales. Pero el caso de Flavio parece haber traspasado los límites. Ya era harto conocida la admiración del capitán y de sus tres hijos por las “milicias”. Cuando era diputado nacional, Bolsonaro no se cansó de elogiarlas desde la tribuna. Y su hijo Flavio, entonces diputado estatal, llegó a condecorar, en 2005, a un capitán de la Policía Militar de Río que ahora  está  prófugo, sospechado de haber participado directamente en el asesinato de la concejala Marielle Franco y el de su chofer, en marzo del año pasado. Bolsonaro sigue negándose a sacrificar al primogénito, reaccionando con dureza ante las sugerencias de que renuncie al escaño obtenido y desista de ser senador. Lo que las investigaciones adelantaron hasta ahora fue suficiente para que la imagen del hijo esté definitivamente quemada. Resta por ver hasta qué punto la del padre pasará de chamuscada a incendiada. Y, principalmente, resta por ver hasta cuándo la paciencia de los militares permitirá que Bolsonaro –pese a su  ausencia de preparación y equilibrio– siga como presidente brasileño. Cuando siquiera completó su primer mes en el sillón presidencial –el más convulsionado y escandaloso estreno de la historia–, no son pocos los que apuestan a que al regreso de la cirugía a la que se someterá este lunes su rol pasaría a ser meramente decorativo. O quizá ni siquiera vuelve. El vice, general Humberto Mourão, lo sabe.

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